Cíbola y Quivira
En el año 713, siete obispos huyeron de Mérida, España para no ser presos de los árabes invadiendo la península ibérica: los Moros. Estos obispos se habían llevado con ellos grandes y maravillosas riquezas.
Al llegar al nuevo mundo, cada obispo fundo una ciudad completamente hecha de oro, y así se formó el mítico reino de Cíbola y Quivira, con las doradas ciudades de Aira, Anhuib, Ansalli, Ansesseli, Ansodi, Ansolli, y Con.
La ciudad de Cíbola recibió su nombre por la plétora de «cíbolos» que habitaban aquellas llanuras. Al día de hoy, conocemos a estos animales como bisontes. Otro dato de bastante interés es que, según el mito, estas ciudades se encontrarían en lo que hoy es Sonora, México.

Un Naufragio, Oro Falso y una Guerra.
Entre las expediciones a esta mítica provincia destacan tres, realizadas en 1528, 1529 y 1540 respectivamente.
La expedición a la Florida de 1528, encabezada por Pánfilo de Narváez, fracasó y naufragó. Su objetivo inicial era encontrar esta ciudad colmada de riquezas.
Un año después, en 1529, llegaron algunos exploradores al desierto de Sonora, y vieron a lo lejos una ciudad «dorada.» En realidad, eran varias casas construidas a las orillas de voladeros, y su color dorado se lo otorgaban la arena y el brillo del sol sobre esta.
La expedición de 1540 respondía al mando de Francisco Vázquez de Coronado, y fue en esta en la que finalmente se dieron cuenta de que no había ninguna ciudad de oro en los riscos del desierto, solo asentamientos indígenas (los de los Puebloans) hechos de adobe.
El cronista de Coronado describe uno de los pueblos hallados de la siguiente manera: «Es un pueblo pequeño y lleno de gente, que parece como si lo hubieran derrumbado todo junto. Hay haciendas en la Nueva España que se ven mejor de lejos. Es una aldea de unos doscientos guerreros, tiene tres y cuatro pisos de altura, con las casas pequeñas y de pocos cuartos, y sin patio.»
Vázquez de Coronado se enfrentó a los Puebloans en las numerosas batallas de la Guerra de Tiguex, y sumando las muertes de este evento a sus demandas de alimento, vestimenta, y demás, solo llegó para causar la desgracia de este pueblo.
Las expediciones a una legendaria y falsa provincia construida en oro y gemas no causaron otra cosa que pobreza y genocidio, y las ruinas que son prueba de esto pueden ser vistas en el ahora estado de Nuevo México, Estados Unidos, bautizadas como La Gran Quivira.
El Dorado
Existe otra cuidad mítica más popular que Cíbola y Quivira, que quizá ya conozcas gracias a una popular película de DreamWorks. Así es: vamos a hablar sobre El Dorado.
«Llevo un demonio interior que no me deja detenerme; que me arrastra a la más grande miseria o a la más grande gloria. Desde hace meses ese satán me conduce a El Dorado, donde los indios lanzan enormes cantidades de oro a las profundidades como ofrenda a sus dioses.» (Fragmento del relato «Lope de Aguirre, traidor.» de Lope de Aguirre, ~1560.)

No Todo lo que Brilla Es Oro.
Esta legendaria ciudad estaría en lo que hoy es Colombia, en el territorio que en el siglo XVI aún era el Virreinato de Nueva Granada.
El Dorado, en realidad no era una ciudad hecha de oro, pero sí un pueblo que poseía grandes cantidades de ello: el pueblo indígena de los Muiscas.
«Para los Muisca de hoy, como para nuestros ancestros no es más que una ofrenda.»
Este pueblo ofrendaba grandes cantidades de oro a sus deidades, aunque de una manera bastante particular: realizando el ritual del Hombre Dorado, que se cree es el origen de la leyenda de la ciudad de oro.
Se cubría al gobernante en aceites y posteriormente en polvo de oro, y este remaba en una balsa llena de objetos de este valioso metal, además de esmeraldas y otras gemas, que arrojaba al fondo del lago en ofrenda a los dioses. Sin embargo, esta ceremonia dejó de realizarse en cierto punto muchísimo antes de que llegaran los conquistadores.
«Y partiendo la balsa a la tierra comenzaban la grita…Con corros de bailes y danzas a su modo.» escribió Juan Rodríguez Freyle.
Existen muchos mitos y leyendas acerca de ciudades llenas de riquezas y rituales extraños, paraísos e infiernos, pero lo cierto es que lo único real son la avaricia y la envidia humanas, un deseo corrupto de poder y quizá, solo quizá, la esperanza de que exista algo mejor.

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