Antes de que los españoles pusieran los pies en las tierras del Anáhuac hubo quienes aseguraron que los dioses ya habían anunciado el final. Entre todos los presagios, ninguno fue tan inquietante como el de una mujer que recorría las noches de Tenochtitlan.
Dicen que sucedió hace muchos años cuando el lago todavía rodeaba a Tenochtitlan y las luces de las antorchas se reflejaban sobre el agua, cuando durante el día la ciudad era un lugar lleno de movimiento, con mercados repletos de comerciantes, con canoas que cruzaban los canales cargadas de alimentos y el humo de las ofrendas se elevaba hacia el cielo.
Pero cuando llegaba la noche, todo cambiaba. El ruido desaparecía poco a poco, las puertas se cerraban, las familias se reunían dentro de sus casas, y sobre la ciudad quedaba únicamente el sonido del agua.

Imagen:https://rafflesc.wordpress.com/
Fue entonces, 10 años antes de la conquista, cuando comenzaron a escucharla. Al principio nadie sabía quién era, algunos decían que se trataba de una mujer que había perdido a sus hijos mientras que otros aseguraban que era una madre que buscaba a su familia entre las calles oscuras.
Pero los sacerdotes conocían otro nombre: Cihuacóatl. La Mujer Serpiente.
Una madre diferente
Cihuacóatl ocupaba un lugar importante dentro de las creencias de los pueblos nahuas. Era una figura asociada con la maternidad, la tierra, la guerra y la muerte. Su naturaleza era contradictoria: podía representar aquello que da vida y al mismo tiempo aquello que anuncia la destrucción. por eso cuando su presencia comenzó a relacionarse con las noches de la ciudad nadie lo tomó como una simple historia. Era una señal o alguna advertencia que decía que se acercaba lo desconocido.
Según la tradición recogida posteriormente por fray Bernardino de Sahagún, una mujer podía ser escuchada durante la noche lamentándose por sus hijos. Aquella figura fue identificada como Cihuacóatl y quedó relacionada con los presagios que según la tradición, anunciaron la llegada de tiempos terribles. Pero nadie sabía exactamente qué significaba su mensaje, no hasta que comenzaron a suceder otras cosas.

Imagen:https://arqueologiamexicana.mx/
En uno de los pasajes conservados en la tradición documental asociada al Códice Florentino, Cihuacóatl aparece pronunciando un lamento dirigido a sus hijos. Uno que no tiene nada que ver con el que conocemos actualmente: ¡Ay, hijos míos! ¿A dónde os llevaré? ¿A dónde os podré esconder para que no os perdáis? y ese llanto era dirigido a los mexicas, presagiando la caída de su hogar y la muerte de sus hijos.
El destino de los hijos
Quizá por eso su historia resulta tan inquietante, Cihuacóatl no era únicamente una diosa. Era una madre.
Y una madre que conoce el destino de sus hijos pero no puede cambiarlo, representa uno de los temores más antiguos de la humanidad.
En 1519 llegaron los hombres de Hernán Cortés. Al principio nadie podía saber exactamente qué significaba su llegada. Eran diferentes y traían objetos desconocidos, animales que parecían monstruosos y armas que provocaban estruendos nunca escuchados en el campo de batalla.
Con ellos también llegaron enfermedades y alianzas indígenas que terminarían modificando el equilibrio de poder en Mesoamérica, y dos años después en 1521, lamentablemente Tenochtitlan cayó. La ciudad que durante generaciones había dominado el corazón del lago quedó destruida.
La transformación de Cihuacóatl
Con el paso del tiempo, los antiguos dioses fueron perdiendo su lugar público. Los españoles trajeron nuevas creencias y nuevas formas de explicar el mundo, pero las antiguas historias continuaron circulando entre las comunidades. Entonces ocurrió algo inevitable, las leyendas comenzaron a mezclarse y la antigua Cihuacóatl dejó de ser recordada únicamente como una poderosa figura religiosa. Su imagen empezó a confundirse con otras historias de mujeres, madres, espíritus y aparecidos.

Imagen:https://es.wikipedia.org/
Con los siglos, aquella figura terminó acercándose a la mujer que hoy conocemos como La Llorona. Pero la historia moderna cambió una parte fundamental del relato. Cihuacóatl no era simplemente una madre que había asesinado a sus hijos y estaba condenada a buscarlos eternamente. Su lamento tenía un significado mucho más amplio, era el lamento de una madre por sus hijos.
Y quizá también el lamento de un pueblo por su propio destino. Las leyendas no mueren cuando termina una historia. Permanecen en las voces que las cuentan, en los lugares que las guardan y en la memoria de quienes todavía se atreven a escucharlas. Gracias por acompañarnos en este viaje al corazón de una de las leyendas más antiguas y misteriosas de Mexico y si quieres leer mas historias como estas puedes visitarnos en la pagina de Revista Somos Conalep. ¡Hasta pronto!
Deja un comentario