Un faro no ilumina el mundo, solo lo suficiente para que la oscuridad no gane del todo. Su luz es breve, pero insiste, como si cada destello fuera una forma de no rendirse ante el mar.
Entre sombras y silencios, la ciencia aprendió a mirar lo invisible. Los rayos X abrieron un camino donde antes solo había misterio, como una luz que atraviesa la piel del mundo para revelar lo que el ojo no puede ver.
Hay árboles que guardan silencio, y otros, como el eucalipto, lo disuelven. En su perfume vive una claridad extraña, una herida fresca en el paisaje, como si la tierra respirara por una grieta invisible.
Entre ramas y viento se sabe esconder, maestro del arte de acechar y ver. Y en lo profundo, donde nadie lo alcanza, late su espíritu libre, salvaje y en danza.